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"Cuidado, carro tirado a caballos"

Cuidado, carro tirado a caballosTodo ocurrió en mis primeras vacaciones a Estados Unidos. Me dirigía al país de los rascacielos, las multinacionales, las prisas, la mezcla desordenada de millones de personas, el caos el ruido… Sin embargo, no fue eso lo que más me impactó. Quién me iba a decir a mí que precisamente allí era donde iba a encontrar la mayor tranquilidad que había visto jamás.

Todo ocurrió un día de agosto, cuando estábamos en Nueva York. Mis amigas estaban cansadas y habían decidido quedarse en el hotel para recuperar fuerzas. A mí no me apetecía dormir, así que conduje hacia las afueras de la ciudad, buscando un paisaje que fotografiar.

De repente, ví una señal que llamó mucho mi atención: “Cuidado, carro tirado a caballos”. Me desvié por el camino de mi derecha. A los lados se extendía un trigal enorme y la señal anunciaba que vería caballos. Por qué no.

Al avanzar un par de kilómetros, me encontré con un pequeño poblado de casas de madera. Alrededor había pequeñas huertas y una iglesia. También había una plaza con una fuente y mucho, pero mucho, silencio. Al momento, los cascos de un caballo rompieron el silencio. Tras de mí una especie de carro de ruedas metálicas tirado por el animal salía del pueblo; las riendas las llevaba un hombre de barba, vestido con tirantes, pantalones y chaqueta negros y sombrero de paja. No había duda, había ido a parar a un poblado Amish.

El medio de transporte habitual entre los Amish



De repente, la plaza comenzó a llenarse de gente. Me giré y caí en la cuenta de que salían de la Iglesia. Todos charlaban alegremente y felicitaban a una pareja que salía de mano. Parecía una boda, pero todo era extraño, no había arroz, ni fotos, ni gritos, ni trajes de gala.

Sentí un tirón en mi falda. “Hola”, me dijo la pequeña. "¿Sabes?, cuando yo me case cambiaré mi pañuelo blanco por uno negro como el de ella”, señalando a la chica que estaba siendo felicitado por sus vecinos. "¿Tú quién eres?”. Le sonreí y se acercó su madre. Ésta me hizo la misma pregunta y me invitó a tomar el té en su casa. No acepté en un principio, pero ante la insistencia de la mujer, y la curiosidad que me empujaba, terminé en un humilde salón, decorado con platas y telas, tomando el té más sabroso que he probado jamás.

La mujer me dijo que era de la cosecha de su vecina. Ella le daba té, y verdura a cambio de pollos de su granja. En la casa me reuní con toda la familia, dos chicos gemelos de unos 18-19 años, una chica de unos 16 y la pequeña de 12, a quien había conocido antes. El cabeza de familia era un hombre que vestía de modo similar al del carro que había visto al entrar en el pueblo, sólo que éste no llevaba sombrero.

Me llamó la atención que en la casa no hubiera televisor, ni equipo de música. Lo que alcancé a ver de la cocina era unos fogones de leña y, eso sí, ni un solo grifo.

Mujeres Amish con su vestuario característicoCharlamos durante casi hora y media. Los hijos eran tremendamente respetuosos y no pronunciaban palabra si no recibían permiso expreso de sus padres. La pequeña me contó cómo jugaba con los otros niños en el pueblo y que de mayor deseaba ser como su madre, que cosía unos vestidos preciosos. Me fijé en sus ropas y ví como tanto la madre como las dos hijas vestían unos trajes largos con un delantal por encima, dos de los trajes eran azules y el de la madre negro. Las tres llevaban un pañuelo en la cabeza, el de las hijas blanco y el de la madre negro.

Tomó la palabra el padre. Me dijo que no eran muy amigos de visitas de extranjeros (se refería a mí). Decía que la gente no hacía más que tomar retratos y que eso les incomodaba. Pero que les gustaba charlar. Me preguntó si no sentía curiosidad. Perdí la timidez inicial y le dije que sí.

Y así resumió aquel hombre de aspecto perdido en el tiempo su filosofía de vida: “Aquí tenemos una máxima: hoy por ti, mañana por mí. Y lo demás nos sobra. Si puedes prescindir de algo, ¿por qué llenar nuestra vida de objetos inútiles? Lo que ves es todo lo que tenemos y todo lo que necesitamos”.

Esta es una de las visitas que más me impactó de todo lo que visité en Estados Unidos, descubrir un modo de vida tan diferente a menos de dos horas de Nueva York. A la vuelta leí más sobre los Amish: una gente que sigue viviendo igual a pesar del paso de los siglos.

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4 comentarios

azul -

excelente blog! felicitaciones

Luisa Andrés -

Si fuiste a las afueras de Nueva York y viste un poblado Amish tuviste mucha suerte (o mucha imaginación) ya que el más cercano está a tres horas en coche como mínimo. Para concretar: a 164 millas de Nueva York.

marina -

muy bueno relato y muy bueno blog !

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